Los beneficios de jugar juegos de fantasía no siempre son claros a primera vista. Uno entra pensando en escapar un rato, pero termina arrastrando recuerdos, conversaciones y hasta silencios que no esperaba. No sé si a ti también te pasa, pero a veces siento que esos mundos inventados me entienden mejor que las personas reales.
Quizá exagero. O quizá no. Lo cierto es que detrás de cada partida queda algo que no se borra. Una imagen. Una emoción rara. Y esa es la paradoja: jugamos para distraernos, pero al final lo que ocurre es lo contrario… algo se queda con nosotros, como un eco que no pedimos pero que nos acompaña.
Te recomendamos: Los mejores juegos de fantasía para PC
La huella emocional en mundos inventados
No sé si alguna vez te pasó… entrar a un juego de fantasía pensando que solo será un rato, un descanso, y salir con algo más pesado de lo esperado. A mí me ocurre seguido. Uno cree que son solo paisajes ficticios, castillos mal iluminados, criaturas imposibles. Pero en medio de esa artificialidad hay momentos que se pegan en la piel como si fueran recuerdos reales. Y no se van.
Es extraño: cierro los ojos y lo que aparece no es mi casa ni la calle que camino todos los días, sino un bosque digital que recorrí hace años. Puedo escuchar el crujido de las hojas, el viento que nunca existió, el sonido inventado del agua en una cascada que jamás estuvo ahí. Y sin embargo, mi cuerpo lo recuerda como si hubiera estado. Como si esas escenas inventadas hubieran dejado cicatrices invisibles.
Tal vez se deba a que jugamos con los sentidos y con la memoria al mismo tiempo. Tal vez es que esos mundos inventados son espejos raros donde nos vemos de otra forma. O quizá simplemente nos marcan porque los habitamos con intensidad, aunque sepamos que no son reales. Lo cierto es que, después de un tiempo, descubres que llevas dentro lugares que nunca existieron. Y eso… eso pesa más de lo que uno admite.
Lo que los combates no dicen, pero dejan
Siempre se habla de las batallas en los juegos como si fueran pura acción. Golpes. Estrategias. Ganar o perder. Pero casi nadie habla de lo que queda después. El silencio incómodo tras derrotar a un enemigo. La sensación rara de haber sobrevivido. O esa vibración en el pecho que se parece demasiado a cosas que pasaron fuera del juego.
Recuerdo una pelea en particular. No por la victoria, sino por lo que sentí cuando todo terminó. El juego no dijo nada. Solo silencio y un escenario lleno de ruinas. Yo me quedé mirando la pantalla sin mover al personaje, como si algo me hubiera atravesado. No sé si fue tristeza, alivio o cansancio. Tal vez todo junto. Lo curioso es que el juego no lo explicaba. No tenía que hacerlo. Era yo quien ponía las palabras que faltaban.
Eso es lo que los combates dejan y casi nunca se cuenta: la resaca emocional. El eco después del ruido. No importa si fue un jefe final o un simple grupo de enemigos. Siempre hay algo que se queda. A veces rabia contenida. A veces un recuerdo que no pediste. O incluso la sensación absurda de que estabas peleando contra algo tuyo, no contra ese monstruo pixelado. Lo raro es que esos silencios después de la lucha terminan diciendo más que toda la acción previa.
Memorias que se mezclan con lo cotidiano
Es raro, pero a veces me descubro caminando por la calle y de pronto una esquina cualquiera me recuerda a un pasillo en ruinas que recorrí en un juego. No tiene sentido. No se parecen. Pero mi memoria decide unirlos, como si no distinguiera bien lo real de lo inventado. Y ahí quedo, detenido un segundo, con la sensación absurda de estar viviendo en dos mundos al mismo tiempo.
Lo cotidiano se contamina con esas memorias. Preparar café y que el vapor me lleve de golpe a una taberna medieval donde mi personaje descansaba. Escuchar la lluvia y pensar en un pantano digital donde casi siempre me perdía. Son detalles tontos, sí, pero a fuerza de repetirse dejan huella. Como si esos mundos inventados reclamaran un espacio en la vida diaria, aunque no les toque.
No sé si sea bueno o malo. A veces me da miedo darme cuenta de que recuerdo con más nitidez ciertos escenarios ficticios que momentos reales de mi vida. Pero también creo que ahí está parte del misterio: lo que vivimos en un juego no desaparece al apagarlo. Se cuela, se mezcla, y termina formando parte de la memoria como cualquier otro recuerdo. Aunque nadie más lo entienda.
Beneficios ocultos más allá del entretenimiento
Siempre se habla de lo obvio: que los beneficios de jugar juegos de fantasía son la diversión, la distracción, el simple hecho de pasar el tiempo. Pero hay otra capa que no siempre se dice en voz alta. A veces, esos mundos se vuelven refugios donde uno aprende a mirar de otra manera.
En un combate perdido una y otra vez se entrena la paciencia. En un viaje largo a través de un mapa imposible se cultiva la resistencia, aunque sea simbólica. Y en las historias, tan llenas de personajes quebrados, uno termina encontrando reflejos propios que no esperaba. Quizá sea exagerado llamarlo aprendizaje, pero algo queda. Una lección mínima, escondida entre escenas que parecen solo juego.
Yo he encontrado consuelo en NPCs que nadie recuerda, en frases torpes de personajes secundarios que parecían de relleno. Y sin embargo, ahí había algo que me sostuvo en días malos. Eso no lo prometía el juego. No estaba en la caja ni en el tráiler. Fue un beneficio oculto. Algo que nadie vende, pero que se siente como un regalo extraño, casi íntimo.
El eco que nunca termina cuando apagamos la consola
Hay un momento siempre incómodo: la pantalla negra, el clic del botón, el silencio de la habitación. Ahí debería terminar todo. Pero no termina. El juego sigue sonando en algún rincón de la cabeza. Como si no supiera apagarse del todo.
Ese eco puede ser leve, casi imperceptible. Una canción que se queda. Una imagen que vuelve. O puede ser más fuerte, como si el juego te hubiera abierto una herida que no se cierra con solo dejar el mando a un lado. Y entonces la frontera entre jugar y vivir se vuelve difusa. Porque ya no sabes si lo que piensas pertenece al juego o a ti.
A veces odio ese eco. Me recuerda que me afectan cosas que “no existen”. Pero otras veces lo agradezco. Porque significa que no fue tiempo perdido. Que algo de ese mundo inventado me tocó lo suficiente como para quedarse. Y aunque duela, aunque confunda, en el fondo me alegra. Porque ese eco es lo más parecido a estar vivo.
