La nueva actualización “Maiden Voyage” de Bellwright llegó en un momento extraño. O al menos así me pareció a mí, que llevo meses entrando y saliendo del juego como quien vuelve a una casa medio derrumbada pero todavía familiar.
No sé cuándo pasó, pero de pronto me di cuenta de que esos mundos de supervivencia y artesanía, que ya casi se sienten todos iguales, rara vez me hacían algo por dentro. Y Bellwright… bueno, Bellwright sí. Algo me tocó desde aquella primera vez en la que te culpan por un crimen absurdo, casi ritual, y quedas ahí, huyendo, intentando entender qué demonios salió mal.
Siempre me pareció curioso que un juego que exige tanto —recolectar, construir, sobrevivir— también te obligue a detenerte. A escuchar. A ver cómo los aldeanos que rescatas te miran con una mezcla rara de gratitud y sospecha. Porque ellos también están rotos. Y porque, en el fondo, tú no sabes si mereces que te sigan.
Las islas Halmare y el eco de algo que no sabíamos que faltaba
Lo primero que pensé cuando anunciaron la expansión fue que quizás no estaba listo para otro mapa. No sé, a veces uno cree que ya entendió el ritmo del juego, que el mundo se va a quedar ahí, estático, hasta que termines de reconstruir tus murallas. Pero la nueva actualización “Maiden Voyage” de Bellwright te mueve el piso apenas te descuidas. Cambia el aire. Cambia el color del agua. Y no sé si fue solo cosa mía, pero la primera imagen de las Islas Halmare me recordó a esos veranos en los que uno se escapaba a mirar el mar sin saber muy bien qué buscaba.
Bellwright ya llevaba un año en acceso anticipado, y muchos lo teníamos más o menos descifrado. O eso creíamos. Pero esta expansión se siente distinta. No solo porque agrega un mapa enorme, sino porque te obliga a comenzar desde un lugar más… frágil. Antes de llegar a Halmare tienes que terminar la zona de Karvenia, construir un muelle y —esto es lo que más me gustó— aceptar que vas a navegar hacia un territorio que no te debe nada. Donde no eres un héroe. Donde, otra vez, eres un fugitivo que intenta recomponerse.
El nuevo bioma tiene esa cosa que no sé describir bien: una especie de silencio que se pega a los huesos. Caminas entre árboles que no habías visto nunca y escuchas sonidos que no sabes si son de animales o de gente que ya no está. Hay misiones nuevas, claro, y recompensas, y edificios que se sienten más fríos que los de la tierra firme. Pero lo que más me atrapó fue esa sensación de empezar otra vez sin empezar de cero. Es como si el juego te dijera: sí, creciste, tienes tu rebelión, tus ejércitos, tus aldeanos que confían en ti… pero acá no te conoce nadie. Y esa soledad, no sé, me cayó como un balde de agua que necesitaba y no sabía.
Una de las cosas que siempre me ha gustado de Bellwright es que no te deja solo en tu progreso. La gente que rescatas crece contigo. Se vuelven artesanos, guerreros, pequeños pilares de algo que todavía no entiendes del todo. Y en esta expansión, eso se nota incluso más: las nuevas líneas de progresión de facciones, las armaduras especiales, la ropa que cambia según el camino que elijas. Todo eso hace que tus decisiones pesen un poco más. Aunque a veces uno preferiría que no lo hicieran.
No quiero olvidarme de las armas nuevas, aunque suene superficial mencionarlas después de todo esto. La ballesta y la lanza cambiaron más de lo que esperaba mi forma de pelear. Y no sé por qué, pero la primera vez que usé la lanza sentí algo familiar, como si imitara aquel movimiento torpe que intenté cuando era niño con un palo de escoba en el patio de mi abuela. Ridículo, sí. Pero el cuerpo recuerda cosas raras.
Lo que quiero decir, creo, es que esta expansión no es solo más contenido. Es una forma distinta de habitar Bellwright. Un mapa que te obliga a mirarte un poco más.
Nuestra opinión
No sé si a ti también te pasa, pero cada cierto tiempo aparece un juego que no busca impresionarte con números ni con promesas épicas, sino con un latido. Uno pequeño, pero constante. Bellwright siempre tuvo ese latido. Y con la nueva actualización “Maiden Voyage” de Bellwright, ese pulso se siente más claro, más honesto. Como si los desarrolladores hubieran encontrado algo que ellos mismos estaban buscando desde el principio.
No voy a decir que todo es perfecto. Hay momentos en los que la acción se siente demasiado comprimida, o situaciones en las que uno quisiera que el mundo respirara más lento. Pero incluso esos fallos —si son fallos— lo hacen más humano. Más cercano. Me gusta cuando un juego no teme mostrar sus costuras. Cuando no todo está pulido como mármol. Bellwright sigue siendo un proyecto en movimiento, y eso, lejos de restarle valor, lo vuelve más auténtico.
El nuevo mapa es enorme, sí. Y hermoso. Pero lo que realmente me atrapó fue lo que despertó en mí. Esa sensación extraña de estar en un lugar que podría haber existido, o que tal vez existió para alguien. Los detalles tontos —un muelle viejo, un perro flaco que me siguió entre dos chozas, la sombra de un árbol que parecía moverse un poco más lento que el viento— son los que terminan quedándose.
A veces pienso que los juegos de supervivencia funcionan mejor cuando dejan que el jugador se pierda un poco. Que dude. Que no sepa si está haciendo lo correcto. Y Maiden Voyage hace justo eso: te suelta en un sitio nuevo, con armas nuevas, con facciones que no te deben respeto todavía. Te pide que empieces a caminar sin prometerte nada. Y yo, que suelo desconfiar de las expansiones, caí sin pelear.
Si eres de los que disfrutan los mundos medievales, la estrategia lenta, las historias que no se explican del todo… Bellwright ya valía la pena antes. Ahora, con esta actualización, siento que encontró una parte de sí que todavía no había mostrado. Y eso siempre es un buen signo. Que un juego crezca contigo. Que se abra un poco. Que te deje entrar otra vez, incluso si te habías ido.
No sé cuánto más cambiará en el acceso anticipado. No sé si todo lo que promete llegará como lo imaginamos. Pero por ahora, con estas islas nuevas y ese aire salado que parece pegarse incluso fuera de la pantalla… basta. Basta para quedarme un rato más. Basta para volver cuando caiga la noche.
