Esto no iba a ser así. No pensaba hablar de magia ni de escuelas con hechizos ni de brujas adolescentes que cultivan plantas raras en un patio trasero pixelado. Pero Witchbrook llegó como llegan ciertas cosas que uno no esperaba querer. Como un eco de Stardew Valley, sí, pero con otro tipo de hechizo. Uno más silencioso. Más… escolar. Como si la fantasía de tener una vida propia en un lugar que no existe se hubiera vuelto a prender, como una vela olvidada que de pronto encuentra fuego.
Durante años, Stardew Valley nos enseñó a quedarnos. A cuidar lo pequeño. A hacer de lo diario una ceremonia. Y, sin buscarlo, dejó una huella que ahora otros juegos exploran con su propio idioma. Witchbrook no imita. Toma prestado. Y en ese gesto hay respeto, pero también deseo: el deseo de hacer que lo cotidiano vuelva a parecer nuevo.
Magia de aula, lluvia sobre tejas y hechizos con olor a tierra mojada

Mossport no brilla. No quiere hacerlo. Tiene la luz justa. Esa que aparece cuando todo está nublado pero igual hay color en los bordes. Ahí aterrizas, con escoba y todo. Y lo primero que sentís es que algo se parece a otra cosa. Al callejón de los hechiceros. A una versión amable de Hogsmeade. Pero también a esos juegos que no dicen demasiado, pero lo insinúcan todo.
Acá no hay batallas estridentes ni monstruos que te pidan reflejos. Acá hay horarios. Tareas. Pociones que tardan en hacerse. Rituales que no entienden de urgencias. Witchbrook no te pone a prueba: te espera. Y mientras esperás, conocés gente. Elegís en qué clase sentarte. Te preguntás si esa bruja con bufanda extraña te está mirando porque quiere algo o porque se acuerda de vos de otra vida.
Y cuando cae la tarde, Mossport se estira. Se vuelve pueblo. Se llena de lugares donde no pasa nada, pero uno igual quiere quedarse un rato más. Las tiendas tienen nombres ridículos. Las luces se prenden como si no supieran que estás mirando. Todo parece haber sido puesto por alguien que quería que te sintieras bien, pero sin que se note.
Un refugio con escoba, diarios personales y capas que no combinan

Hay algo en Witchbrook que recuerda al mapa musical de Hogwarts Legacy. No por su mecánica ni por su escala. Sino por ese intento de ponerle música a la rutina, a lo no épico. De nuevo: no se trata de ser el héroe. Se trata de hacer tu camino, aunque ese camino sea preparar una infusión que nadie va a tomar.
Acá diseñás tu casa como quien escribe un diario. Cambiás el peinado, la ropa, los muebles. Plantás cosas que no sabés para qué sirven, pero igual te da orgullo verlas crecer. Y te pasa algo raro: te empezás a preguntar si vos, en esa otra vida mágica, serías de esos que rompen reglas o de los que se quedan estudiando en la biblioteca hasta tarde.
Lo más curioso es que podés hacerlo con otros. No solo verlos en el mapa. Vivirlo juntos. Compartir tardes que no llevan a nada. Hacer travesuras que nadie castiga. Jugar sin querer ganar. Y en ese gesto, tan menor, hay algo hermoso: la posibilidad de construir un lugar sin que haga falta destruir otro.
Donde la magia es elegir, y lo extraordinario se disfraza de martes

Witchbrook no necesita mostrarte dragones para que creas. Te alcanza con dejarte elegir. Qué estudiar. A quién querer. Dónde dormir. A qué rincón del mapa volver cada vez que el día se pone denso. Es el tipo de juego que no acelera, que no exige. Solo abre puertas. Y vos decidís si entrás.
Eso fue lo que me pasó. No quería entrar. Pero un día lo hice. Y me encontré ahí, entre capas arrugadas, libros flotantes y conversaciones que no van a ningún lado, sintiendo algo que no sentía desde que leí por primera vez sobre una escuela de magia en la que no estudié, pero donde igual me creí parte. Como si alguien hubiera armado Witchbrook para los que nos quedamos con las ganas.
Y bueno… tal vez fue por eso que me quedé más tiempo del que pensaba.
