La noticia es extraña, casi absurda: Charlie Cox Expedition 33. ¿Por qué suena raro? Quizá porque hay algo contradictorio en saber que la voz, el cuerpo, la respiración detrás de Gustave —ese personaje que todos miramos como si tuviera secretos debajo de la piel— nunca ha jugado la aventura que tantos han recorrido en carne digital. Lo pienso y me da una especie de ternura, como cuando descubres que el escritor de tu novela favorita nunca pisó el pueblo que describe.
En la GalaxyCon, lo dijo casi como si pidiera perdón: “Primero necesito una consola”. Suena a excusa, pero en su caso es verdad. Dijo que la última vez que jugó fue en la época de Super Mario 64. Eso es como decir que no ha visto el mundo desde que la televisión era en blanco y negro. Pero ahí está, en pleno 2025, mirando imágenes de Clair Obscur: Expedition 33 y sintiendo, quizás, una especie de vértigo.
Vi la grabación del evento. Me quedé escuchando el tono de su voz, que no es el de un gamer ni el de alguien que se esfuerza por pertenecer. Es otra cosa. Es la voz de quien fue testigo de algo bello y todavía no sabe cómo acercarse a ello. “Esto es precioso”, recuerda que pensaba mientras veía las pantallas del estudio. Y yo me lo imagino —Charlie Cox, con cara de niño perdido—, viendo desfilar las criaturas, los escenarios de ruinas y magia, los rostros casi tristes de los personajes, preguntándose cómo hicieron para que todo se vea así de real.
No sé si a ti también te pasa, pero a veces creo que los actores de doblaje viven en un universo paralelo. Crean voces para mundos que nunca pisan. Son como dioses ausentes, y a la vez, los más humanos de todos. Clair Obscur: Expedition 33 es eso: un mundo tan vivo que ni quienes le dieron forma pueden recorrerlo sin sentirse intrusos. Y ahora, después de meses de éxito, el propio Gustave quiere saber qué se siente.
Me acordé entonces de esas guías que uno busca cuando se pierde, como la Guía completa de la Cueva Siniestra, donde cada paso parece escrito por alguien que ya se equivocó antes que tú. Imagino a Cox leyendo una guía así, intentando no perderse en su propio reflejo digital.
El actor Charlie Cox no ha jugado un juego desde Super Mario 64
Hay algo casi ritual en la confesión de Cox. Dijo que se siente impostor, pero no era teatro. Lo vi encoger los hombros, mirar a la gente como pidiendo permiso para no ser un experto. Elogió a Sandfall, el estudio. Habló del equipo pequeño, de esos treinta nombres que —lo juro— caben en la sala de un apartamento grande, y de cómo algo tan íntimo logró meterse en la cabeza de miles.
La escena me recordó a esas mañanas de lluvia en las que no sabes si salir o quedarte en casa, y al final te quedas, pero piensas en lo que habría pasado si hubieras salido. Cox no ha salido todavía. Pero se asoma por la ventana.
El éxito de Clair Obscur: Expedition 33 es una cosa rara. No se explica solo con números, ni con la cantidad de veces que aparece en los foros de favoritos a Juego del Año. Hay algo más. Un rumor de belleza. Como si el juego supiera guardar secretos en cada esquina, como si hubiera sido construido para ser recordado incluso cuando no entiendes del todo su mecánica.

Escuché a Cox hablar sobre los gráficos, y me reí bajo la mesa. Dijo que los videojuegos han cambiado mucho desde su última partida. Que lo de Super Mario 64 era otro mundo. Supongo que, para él, ver lo que hicieron en Sandfall es como despertarse de un sueño y descubrir que los árboles han crecido veinte metros. O que los recuerdos ya no son solo tuyos.
Me imagino a Cox caminando por la ciudad —Londres, tal vez—, viendo una pantalla en la vitrina de una tienda, reconociendo su voz en un tráiler de Expedition 33 y pensando: “Ese no soy yo. O sí. No sé”. Esas cosas pasan. Pregúntale a cualquier actor que haya hecho de héroe y no sepa qué hacer con tanta piel ajena.
De paso, pensé en ese otro lugar de Expedition 33, el Casino Expedition Clair Obscur 33. Otro escenario que, si Cox entra algún día, quizá ni reconozca. Porque hay sitios dentro de los juegos que solo existen para quienes se pierden a propósito. Y perderse, a veces, es la única forma de encontrar algo que valga la pena.
Sandfall tardó cinco años en crear todo esto. No es tanto, pero parece una vida entera. Treinta personas, más algunos forasteros, diseñadores y actores de voz —Jennifer English, Charlie Cox—, y cada uno dejó una marca, aunque no lo supiera.
Y mientras tanto, el propio Gustave, el héroe de la historia, está del otro lado de la pantalla, esperando que el actor que le dio vida se atreva, por fin, a cruzar ese umbral.
Opinión personal: Lo que deja el deseo de jugar tu propia historia
No sé qué busca Charlie Cox ahora. Quizá solo quiere saber por qué todo el mundo habla de ese juego como si fuera una especie de milagro. O tal vez siente una nostalgia rara por algo que nunca vivió, pero que lleva su voz. No puedo evitar pensar que todos, alguna vez, hemos querido ser parte de la historia que contamos sin haberla vivido realmente.
Hay algo profundamente humano en querer descubrir lo que ya has creado, como si el propio acto de jugar fuera una forma de cerrar un círculo, de entenderse un poco mejor. Cox, con su confesión, no busca la atención de los gamers ni un titular fácil. Busca algo más silencioso: la posibilidad de encontrarse, por fin, del otro lado de la pantalla.
Quizá nunca juegue. Quizá sí. Pero el simple hecho de que quiera hacerlo —después de tantos años lejos de los controles— dice mucho más de lo que cualquier tráiler o reseña podría contar. Al final, eso es lo que hace grande a Expedition 33: no solo la historia que vive el jugador, sino la que todavía esperan vivir quienes la construyeron.
