Todavía me acuerdo del ruido. Ese zumbido apenas perceptible que hace la PlayStation 5 Pro cuando despierta. No es fuerte, pero está ahí, como una respiración. Ha pasado un año desde su lanzamiento, y la pregunta sigue flotando entre foros, cafés y partidas nocturnas: ¿vale la pena la PlayStation 5 Pro después de todo este tiempo?
La industria no ha parado. Los precios suben, los chips escasean, las portátiles se disfrazan de consolas de escritorio y la Nintendo Switch 2 cambió las reglas del juego otra vez. Y sin embargo, la PS5 Pro sigue ahí, sólida, como un artefacto que no busca convencer, sino resistir.
Yo la encendí por primera vez una madrugada de invierno. El reflejo azul iluminó la habitación y pensé que quizá, solo quizá, este pedazo de plástico caro todavía tenía algo que decir.
Un lujo que ya no se siente como lujo, sino como decisión

Cuando se lanzó la PS4 Pro en 2016, pagar más por una consola era casi un capricho. En 2025, con un mundo que parece dudar de todo —incluso de su propia economía—, gastar 750 dólares en una consola no se siente como lujo: se siente como un salto de fe.
La PlayStation 5 Pro nació en ese contexto. Su promesa no era cambiar la forma de jugar, sino elevarla. Un 4K más nítido, texturas más vivas, una IA que mejora los bordes de cada sombra. Pero lo que más llama la atención no está en la ficha técnica. Está en lo que provoca cuando la miras en silencio, cuando el menú flota en la pantalla como un portal.
Quizá porque hoy, gastar en algo así no es un impulso: es una elección. Un voto de confianza hacia un ecosistema que se resiste a morir en el streaming o en la nube. Comprar una PS5 Pro hoy es decir: quiero seguir jugando desde el sofá, con los dedos, con la respiración contenida frente a un televisor que brilla demasiado.
El precio sube, el deseo también (aunque duela admitirlo)
El costo inicial de 699 USD era alto. Lo sabíamos. Ahora, un año después, la cifra se clavó en 750 USD como una estaca. La inflación, los aranceles, la cadena de suministro rota: excusas válidas que no cambian la sensación de pagar más por lo mismo. Pero hay algo curioso: a medida que el precio subió, también creció el deseo.
Porque la PS5 Pro no se compra con la cabeza. Se compra con la piel. Con la necesidad de sentir que lo que miras es tan real que casi puedes tocarlo.

A veces pienso que Sony lo sabía. Que su estrategia no era ofrecer una consola accesible, sino una pieza de hardware con presencia, algo que se sintiera más cercano a un objeto de colección que a un producto de consumo. Y sí, duele al bolsillo. Pero también, cuando la enciendes, hay un pequeño momento —el clic del mando, el suspiro del ventilador— que hace que el gasto se disuelva.
Si la compraste en su lanzamiento, obtuviste el mejor precio. Si la compras hoy, obtienes algo distinto: la certeza de que sigues creyendo en lo tangible.
Un salto visual que no se mide, se siente
Hay algo hipnótico en la manera en que Death Stranding 2 abre su primer plano. Sam avanza entre montañas húmedas, la lluvia cae como ceniza y, por un segundo, el horizonte parece moverse. En la PS5 Pro, esa escena no es solo un paisaje: es un recuerdo.

El rendimiento mejorado no se traduce solo en números. Se traduce en respiraciones. En cómo el aire parece más denso. En cómo los reflejos sobre el metal de un traje te devuelven un pedazo de ti.
Lo mismo ocurre con Ghost of Yotei, esa secuela espiritual que parece hecha para probar el hardware. Las briznas de hierba, las chispas de una fogata, el sonido de una katana cortando el aire… todo vibra distinto. No hay un salto generacional evidente, pero sí hay algo más sutil: un refinamiento casi cinematográfico.
Es cierto que necesitas un televisor 4K o monitor de 120 Hz para notar todo. Pero incluso sin eso, hay una mejora invisible, como si el juego respirara mejor. Como si la consola supiera cuándo dejar de forzar y simplemente fluir.
A veces pienso que eso es lo que justifica su existencia: no los teraflops, sino el temblor que te deja después de una buena escena.
Cuando el rendimiento se convierte en promesa (y a veces en trampa)
La tecnología PlayStation Spectral Super Resolution (PSSR) fue uno de los mayores aciertos de Sony. Similar al DLSS de Nvidia, usa IA para suavizar la imagen y mantener una tasa de cuadros estable. Y cuando funciona, lo hace con una precisión casi mágica.
Jugué Returnal: Eclipse Edition en PS5 Pro y la diferencia fue inmediata. Las luces, el ritmo, los disparos que dejaban estelas como fragmentos de sueños eléctricos. Pero no todo brilla igual.
Títulos como Borderlands 4 o Metal Gear Solid Delta: Snake Eater apenas logran aprovechar la potencia adicional. Algunos incluso rinden peor que en la PS5 básica. Lo mismo ocurrió con The Outer Worlds 2, cuya versión “optimizada” para PS5 Pro se sintió más como una promesa a medio cumplir.
No es culpa solo del hardware. Es una cuestión de adopción. Los estudios externos priorizan PC y versiones estándar. La PS5 Pro, con su público más reducido, se queda en un limbo técnico: poderosa, pero infrautilizada.
A veces la enciendo y pienso que es como una cámara de cine olvidada en una estantería: capaz de registrar la belleza más precisa, si alguien se atreve a usarla bien.
Exclusivas que justifican el salto (aunque solo por un rato)
Durante este primer año, las exclusivas de Sony han cargado con la tarea de demostrar por qué existe la PS5 Pro. Death Stranding 2 y Ghost of Yotei son los estandartes obvios, pero hay más. Horizon Remnant, una expansión inesperada, mostró lo que significa un mundo verdaderamente optimizado para esta consola: sin caídas, sin sombras que tiemblan. Solo un flujo continuo de imágenes perfectas.
Cada uno de estos juegos utiliza los modos de fidelidad de la PS5 Pro para equilibrar resolución y fluidez. Es cierto: algunos jugadores preferirán la versión base. Pero hay algo en cómo la Pro maneja la luz, cómo los reflejos del agua parecen pensados para durar un segundo más.
No es solo potencia. Es atmósfera. Y en eso, Sony sigue siendo maestra.
Sin embargo, una verdad incómoda flota sobre todo esto: esa sensación de que estamos pagando por un adelanto de lo inevitable. Que la PlayStation 6 ya está respirando en algún laboratorio de Tokio, esperando su turno. Y aun así, seguimos aquí, observando cada textura como si fuera la última.
La fidelidad visual como memoria: lo que se queda después de apagarla
Podría hablarte de gráficos, de tasas de refresco, de shaders más eficientes. Pero lo que más me quedó de este año con la PS5 Pro no fueron los números. Fueron las imágenes.
Una noche, mientras jugaba Ghost of Yotei, el viento movía los cerezos con tanta naturalidad que me quedé quieto. No por admiración técnica. Por nostalgia. Me recordó al patio de mi abuela, a los árboles que ya no existen.
Eso es lo que logra esta consola cuando se usa bien: convertir un píxel en un recuerdo. En una emoción involuntaria. No siempre. Pero cuando ocurre, entiendes por qué existe.
La PS5 Pro no es solo más rápida. Es más precisa en su forma de engañarte. Hace que el mundo digital parezca más humano. Y aunque a veces duele admitirlo, eso sigue siendo lo que busco cuando juego: creer, por un momento, que ese otro mundo también respira.
El futuro: Wolverine, GTA 6 y el rugido de lo que viene
2026 ya tiene nombre propio: Wolverine. La versión ultraviolenta de Insomniac Games promete ser la carta de amor definitiva al hardware de Sony. En cada avance se nota el pulso, la textura del metal, el reflejo del dolor en cada garra. Si algo puede justificar la PS5 Pro otro año más, es eso.
Pero también hay gigantes en el horizonte: Resident Evil Requiem, Halo: Campaign Evolved (una curiosa resurrección multiplataforma) y, por supuesto, Grand Theft Auto 6.
Rockstar aún no lanzó su versión para PC, y eso deja a la PS5 Pro en el lugar perfecto: el epicentro del crimen digital más ambicioso de la historia reciente. Nadie sabe todavía si GTA 6 traerá un modo específico para PS5 Pro, pero la historia dice que sí. Porque el hardware más potente siempre encuentra la forma de colarse en la experiencia.
Recuerdo lo que pasó con las remasterizaciones de la trilogía de GTA. Prometían un salto y entregaron sombras. Esta vez, el público no perdonará. Y Sony lo sabe. Por eso, este 2026 podría ser su último gran acto antes del cambio de generación.
Quizá ahí resida su encanto: en ser la penúltima llama antes del apagón.
Comprar hoy o esperar al mañana: el dilema del jugador que observa
Entonces, ¿vale la pena la PlayStation 5 Pro un año después? Depende de cómo entiendas la palabra “valer”.
Si lo que buscas es una relación calidad-precio, quizá no. Si lo que buscas es una experiencia que se sienta completa, que te haga olvidar el mundo un par de horas, entonces sí. Sin duda.
Para muchos, la PlayStation 6 es la promesa inmediata. Para otros, esta Pro sigue siendo suficiente. Hay algo poético en eso: saber que estás jugando en una máquina que ya empieza a envejecer, pero que lo hace con elegancia.
Yo no la cambiaría todavía. No por miedo a lo nuevo, sino por respeto a lo que todavía puede ofrecer. Cada vez que la enciendo, siento que aún no me mostró todo. Que aún guarda un último paisaje, un último sonido.
Quizá dentro de un año ya estemos hablando de la PS6 con la misma mezcla de fascinación y duda. Pero por ahora, sigo con la mía.
Y cuando termina la partida, cuando la luz azul se apaga, hay un silencio que solo dejan las cosas que, por más tecnológicas que sean, todavía tienen alma.
Conclusión (o algo parecido)
No sé si existe una respuesta definitiva a la pregunta “¿vale la pena la PlayStation 5 Pro?”. Tal vez no. Tal vez la respuesta cambie según el día, el juego o el silencio que te rodea cuando la enciendes. Porque la verdad es que esta consola no busca convencerte con cifras, sino con sensaciones. No se trata solo de rendimiento, sino de presencia. De ese instante en el que te quedas mirando la pantalla y olvidas por completo que hay algo entre tú y lo que ves.
Durante este año, he entendido que la PS5 Pro no pretende ser necesaria. Es un exceso, sí. Pero uno hermoso. Un exceso que sirve para recordarte por qué seguimos jugando cuando el mundo se siente tan agotado. Porque jugar —de verdad jugar— es una forma de resistencia. Un acto pequeño de fe en que lo imaginario todavía puede afectarnos.
Cada vez que un juego se abre con un fundido lento o con un paisaje que parece infinito, siento que Sony logró algo que va más allá de la potencia: logró detener el tiempo. Tal vez sea eso lo que pagamos sin darnos cuenta. No los gráficos, ni los teraflops, ni las resoluciones imposibles. Pagamos por ese segundo en que el ruido de la ciudad se apaga y quedamos solos frente a una historia que solo existe si la miramos.
Claro, hay contradicciones. La PS5 Pro cuesta más de lo que debería. Y, objetivamente, ofrece menos diferencia de la prometida. Pero eso no la vuelve irrelevante. La vuelve humana. Porque también nosotros compramos cosas que no necesitamos, solo para sentir que seguimos siendo parte de algo. Una comunidad, un ritual, una generación que se despide mientras otra se prepara.
A veces pienso que el valor de una consola no está en lo que muestra, sino en lo que deja. La PS5 Pro deja imágenes que se quedan flotando incluso después de apagarla: un amanecer sobre los campos de Yotei, una tormenta sobre la montaña en Death Stranding 2, el reflejo de una lámpara en el suelo mojado de un pasillo que no existe. Son recuerdos digitales, sí, pero recuerdos al fin. Y eso, en tiempos donde todo se borra rápido, es casi un acto de ternura.
Quizá dentro de un año hablemos de la PlayStation 6, con nuevos procesadores, nuevas promesas, nuevos mundos por explorar. Pero incluso entonces, esta versión “Pro” seguirá teniendo algo que la siguiente no podrá copiar: el peso del tiempo. Haber estado ahí, en el momento justo, cuando la tecnología y la nostalgia se encontraron por última vez.
Si la compras ahora, no estás adquiriendo solo una consola. Estás comprando una pausa. Una manera de quedarte un poco más en este presente antes de que todo cambie otra vez.
Así que sí, vale la pena la PlayStation 5 Pro. No por lo que hace, sino por lo que representa. Porque cada vez que la enciendes y la luz azul empieza a latir, hay algo que vuelve a creer. Y eso, a estas alturas, ya es suficiente razón para seguir jugando.
